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Entrevista NAVARRA+MÉDICA

25 ago
8 min de lectura

1.      ¿Por qué motivos suelen venir los padres a pedir ayuda?

Los padres suelen venir a terapia cuando las conductas de sus hijos exceden su propia autorregulación emocional y aparecen signos de sintomatología ansiosa. También suelen venir muchas madres sobrepasadas con mucha carga mental, las cuales se suelen sentir solas frente a la toma de decisiones de las responsabilidades de los niños, la escuela, el hogar y los médicos.


2.     ¿Cuál es el peor momento de la crianza?

Esto es relativo en cada familia, pero por lo general, los años durante los cuales hay más dependencia y en consecuencia más demanda de cuidados, suelen ser los más estresantes. No obstante, hay familias que pueden llevar mejor los años de los 0 a los 10, y sufren más la distancia afectiva natural que suele comenzar en la pubertad. De cualquier manera, hay que asumir que los hijos al igual que una fuente de amor, afecto y conexión también son una fuente de estrés, y que es natural sentirse sobrepasado o sobrepasada en algunos momentos.


3.     ¿Qué diferencia hay entre un niño que “se porta mal” y un niño que está expresando malestar?

Tenemos que dejar de juzgar a los niños desde la mirada el adulto. En el mundo de los adultos hay muchas normas sociales construidas que poco tienen que ver con lo que necesita nuestro sistema nervioso, y menos con lo que necesita el sistema nervioso de un infante.

En general cuando decimos que un niño se porta mal, en realidad queremos decir que su conducta nos molesta, pero eso esta muy lejos de que sea un comportamiento incorrecto.

Los niños necesitan moverse, hablar, expresar, explorar los límites, pintar, bailar, llorar, enrabietarse, jugar. etc. Y los adultos somos responsables de acompañarlos en la regulación emocional y conductual de manera afectuosa y con paciencia. El objetivo no es enseñarles la manera correcta de comportarse, porque no existe, sino ayudarles a adaptarse a las diferentes situaciones que van a ir afrontando según las necesidades de su etapa evolutiva.

 


4.     ¿Cómo influye la ansiedad de los padres en la forma en que un niño vive sus propias emociones?

Influye mucho, no tiene porque determinar, pero desde luego que influye. Cuando nacemos nuestro cerebro es muy inmaduro, y las funciones de autorregulación emocional todavía no están del todo desarrolladas, y a través de la influencia de nuestro entorno: padres, familia extensa, colegio… aprendemos a inhibir poco a poco nuestras respuestas emocionales y adaptarlas al contexto. Si mi madre es muy ansiosa, mis neuronas espejo que se encargan de la empatía y del contagio emocional aprenderán que lo adaptativo es preocuparse anticipadamente de los problemas, si mi padre nunca muestra las emociones, aprenderé que lo más inteligente es evitarlas, si mi abuelo con el que vivo explota de ira cada vez que me levanto de la mesa, aprenderé que la agresividad es una respuesta válida para expresar mi malestar y/o desarrollaré la respuesta pasiva para evitar los conflictos.

 

Por tanto, el contexto, entre ellos la familia, es una variable muy influyente en el aprendizaje emocional de los niños.


5.     ¿Qué lugar ocupan los límites en el bienestar infantil?

Los límites son como las paredes de nuestra casa, son necesarias para estructurar el espacio y sentirnos seguros, pero cuanta más amplitud mejor, y cada espacio necesitará unas medidas concretas.

 

La crianza segura y democrática es la que más correlaciona hasta la fecha con un desarrollo saludable. Y se basa en que existan normas coherentes y adaptadas a la edad, y afecto en forma verbal, físico, y a través del cuidado. Cuando los límites son muy rígidos y poco compartidos con los niños la crianza se vuelve autoritaria, lo que suele derivar en niños muy obedientes, muy autoexigentes y frecuentemente desconectados de sus necesidades emocionales para poder cumplir las expectativas familiares.

 

Cuando los límites son escasos, imprevisibles y excesivamente consultados con los niños, éstos suelen sentir una especie de desprotección psicológica, no se pueden aferrar al adulto, por lo que pueden desarrollar conductas desorganizadas, mucha ansiedad por no sentir la seguridad que dan las normas y pueden llegar a desadaptarse a según que contextos exigentes.

 


6.     ¿Cómo se puede acompañar una rabieta, un miedo o una regresión sin banalizarlo ni sobrerreaccionar?

 

Lo primero hay que dejar de demonizar las emociones desagradables y sus correspondientes expresiones. Los adultos que no han aprendido a regular sus propias emociones suelen gestionar peor el acompañamiento de éstas a sus hijos. La rabia, el miedo y la tristeza son emociones necesarias para nuestra supervivencia y adaptación en la vida. Como he dicho antes, los niños al igual que no saben utilizar un lápiz, ni leer, tampoco saben qué hacer con esas sensaciones desagradables, por lo que la responsabilidad del adulto es acompañarle durante la regulación.

La regulación no consiste ni en evitar la emoción, ni en dejar de sentirla, ni en cortarla de golpe. Las emociones se regulan experimentándolas, poniéndoles nombre e interpretando el mensaje que nos quieren hacer llegar.

En el caso de las rabietas, que tanto molestan a los adultos, suelen ser reacciones ante la frustración, emoción desagradable que nos trae el mensaje de que algo que deseábamos no ha ocurrido, y que tenemos que ir tolerando de manera progresiva para que en la edad adulta podamos gestionar los fracasos, las pérdidas y los desencuentros que tanto se dan en esta etapa.


7.     ¿Qué papel tiene la escuela en la detección y en el acompañamiento de un problema emocional?

La escuela es uno de los contextos más importantes de la vida de los niños. Puede servir tanto de factor de protección, es decir, puede compensar las adversidades y estimular habilidades y competencias que en otros contextos como el de la familia no se están desarrollando; o puede ser un factor de riesgo, bien porque la socialización con el grupo de iguales no está siendo del todo saludable, o bien porqué la exigencia o el rendimiento académico no se está adaptando a las necesidades del alumno.

En los últimos años la educación ha avanzado mucho y en casi todos los casos los profesores están muy bien formados para asumir ciertas circunstancias complicadas alrededor de las emociones, pero como en todas las disciplinas siempre hay flecos que mejorar.

Actualmente se están patologizando conductas infantiles que llegan a cronificarse y a formar parte de la identidad del niño, cuando la manera más efectiva de intervenir muchas veces es bajando la exigencia, escuchando y respetando los ritmos de aprendizaje y el desarrollo psicoevolutivo que tiene que ver con el control del impulso, la atención sostenida y las habilidades sociales. Una vez más, en vez de corregir, hay que acompañar.


8.     ¿Qué errores son más frecuentes en las familias cuando intentan ayudar a un hijo con dificultades?

En las familias, el error más común suele ser querer controlar y eliminar la conducta problema de los niños, sin atender la función que cumple realmente. En terapia, intento mostrar a las madres y padres que el objetivo no es matar al mensajero, sino, entender el mensaje que nos trae esa conducta problema de su hijo.


9.     ¿Qué pasa cuando una familia llega agotada, desbordada o culpabilizada?

Lo primero que trabajo con los padres es la regulación del sistema nervioso. Muchos llegan con una rutina de sueño cambiada, con la alimentación propia desordenada, sin ocio y sin tiempo para cuidarse a si mismos. Empiezo por ahí, y luego trabajamos creencias nucleares sobre la crianza, sobre qué es portarse bien, sobre miedos acerca de la socialización de su hijo, y otras áreas según el motivo de consulta.  A nivel conductual, entrenamos las pautas que se recomiendan en la crianza democrática: límites, normas claras y coherentes, refuerzo positivo, validación de las emociones…. Y muy frecuentemente tenemos que trabajar cuestiones relativas a su propia crianza y la relación y educación que les transmitieron en su familia de origen.


10.  ¿Qué beneficios tiene que el tratamiento infantil se complemente con apoyo a los adultos de referencia?


Yo no hablaría de complemento ni de apoyo, sino de una intervención psicológica a una persona adulta que tiene problemas relacionados con la crianza de sus hijos. Es un proceso paralelo a la intervención infanto-juvenil que favorece el desarrollo de la misma. Los beneficios en los hijos de los adultos que van a terapia son muy significativos. Hemos hablado antes de que los niños necesitan de sus adultos de referencia para regular sus emociones y alcanzar poco a poco la autonomía en la gestión emocional, pero cómo vamos a apoyar a nuestros hijos a nivel emocional si no sabemos qué hacer con nuestras propias sensaciones internas, cuando nadie nos ha enseñado cómo gestionar nuestra propia tristeza, nuestro propio miedo o nuestra propia frustración. Para poder sostener a otros hace falta autoconocimiento, autocompasión y autocomprensión, de lo contrario enseñaremos a nuestros hijos maneras disfuncionales de convivir con sus emociones desagradables.

El mejor regalo y la manera más eficaz de ayudar a nuestros hijos con sus problemas emocionales y/o conductuales es aprender a gestionar los nuestros.



11.   ¿Qué cambios ves en los niños cuando sus padres también reciben espacio terapéutico o de orientación?

 

Yo no veo directamente el cambio en los niños, si no que me baso en lo que me relatan los padres, y suele ser frecuente que la intervención paralela suele obtener objetivos terapéuticos parecidos: reducción de la ansiedad en el adulto, reducción de conductas disruptivas en el niño, más conexión emocional, menos conflictos familiares, y un aumento de la satisfacción con el vínculo padre/madre-hijo.


PREGUNTAS CRUZADAS:

 

  1. ¿Qué llega antes a consulta: el síntoma del niño o el agotamiento de los padres?

La conducta de los niños suele ser un detonante para que los adultos de la familia reflexionen sobre su propia gestión emocional, pero también hay muchas madres que llegan a terapia cuando los niños son todavía muy pequeños para gestionar la sobrecarga mental, el cambio del estilo de vida y los conflictos de pareja que aparecen durante los primeros años de la crianza, con el propósito también de prevenir futuros problemas a sus hijos.

Los padres suelen acudir menos a terapia por estos motivos, aunque yo siempre insisto en que también les vendría muy bien.


  1. ¿Por qué muchas veces detrás de un niño que sufre hay unos adultos que también necesitan ser escuchados?

Porque vivimos muy rápido, con mucho estrés y con poco tiempo para mirar qué es lo que pasa a nuestro alrededor, incluso a las personas que tenemos más cerca. Somos seres sociales, y entre los padres y los hijos hay un vínculo de apego muy fuerte que suele contagiar los estados de ánimo, las tristezas, las exigencias, la ansiedad y el estrés. Casi siempre que un niño está ansioso y realiza conductas impulsivas, hay un contexto familiar que está pasando por un momento más o menos estresante, por lo que trabajar psicológicamente con los adultos, hará que el contexto de ese niño sea más previsible, calmado y menos angustiante.


  1. ¿Qué cambia cuando infancia y adultez dejan de verse como dos consultas separadas y se entienden como una misma historia familiar?

Realmente las consultas si que tienen que ser separadas, y las historias no tienen que ser las mismas, porque son individuos con sus propios procesos psicológicos, aunque influenciados sí, pero al fin y al cabo son personas diferentes. Lo que es lo mismo es el sistema y el contexto en el que viven, porque los seres humanos en el momento en el que compartimos un grupo, una vivienda o una familia, somos influidos por las variables de ese contexto, y hay que tenerlo en cuenta para trabajar los problemas que trae a terapia cada individuo.


  1. ¿Cómo se puede romper la idea de que pedir ayuda es un fracaso educativo?

Pedir ayuda es una habilidad social, y forma parte de la vulnerabilidad humana y de nuestra adaptación a la sociedad, por lo que se podría concluir que pedir ayuda es un acto inteligente.

Igual que pedimos ayuda al dentista cuando nos duele una muela, o pedimos ayuda a un médico cuando nos duele la tripa, es necesario pedir ayuda a los psicólogos cuando no sabemos qué hacer con nuestras emociones o las de nuestros hijos. Porque, aunque sean nuestras, hasta la fecha no nos han educado para saber gestionarlas, sino para ignorarlas generalmente, lo que conlleva un empeoramiento de la salud mental a largo plazo.

 

Yo animo a que al igual que cuidamos nuestra alimentación y nuestros hábitos a la hora de quedarnos embarazadas y ser padres, sería una buena idea hacer un chequeo a nuestra salud emocional para poder llegar a la crianza con más calma y serenidad y prevenir así la repetición de aprendizajes disfuncionales en nuestros hijos.

 

Para acabar me gustaría citar el poema de Khalil Gibran:

 

Tus hijos no son tus hijos,

Son hijos e hijas de la vida,

Anhelante de sí misma.

Vienen a través de ti, pero no de ti,

Y, aunque estén contigo, no te pertenecen.

 

 

 

 

 




 
 
 

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