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A mi abuelo le encantaba Gila

El otro día echaron en la tele cuatro películas seguidas sobre la guerra civil. Me vi dos enteras, el final de la tercera y la cuarta la había visto semanas atrás medio adormilada. 

Las cuatro de género dispar: drama, sátira, comedia, y mezcla de todas.  En las cuatro había terror. 


Al llorar y reírme mientras las disfrutaba, entre disparos en nuca, reivindicación de la patria, y exaltación de la violencia me fije en los niños de esas películas, en la gente joven, y me di cuenta de que son nuestros abuelos. 


Nuestros abuelos crecieron en silencio y aterrados, rodeados de dolor, represión y odio. Callar no era una opción como ahora, era una necesidad imperiosa para sobrevivir. Y un bando fue el ganador, y en el otro objetivamente murieron más, pero en ambos lados hubo niños y jóvenes impregnados con la huella del silencio. Y aquellos son hoy nuestros abuelos. De ellos nacieron nuestros padres, y gracias a ellos estamos aquí hoy nosotros. 


Sólo dos generaciones después de tanta desolación, hambruna y miseria. Y me di cuenta (ya lo intuía) que nuestra salud emocional, como país, y como generación no se puede entender ni casi explicar sin observar la barbarie de la guerra. 


En consulta no paramos de ver personas internamente dicotomizadas, que aunque se esfuerzan, no logran ver más allá de dos realidades, nosotros y ellos. Jóvenes de hoy en día que nacieron en plenitud, bienestar y paz absoluta han aprendido que callar te ayuda a adaptarte a corto plazo al contexto. Diversidades como la homosexualidad, los nuevos tipos de familia o diferentes formas de vivir, que las abuelas y los padres “permiten” con miedo y muchísimo escepticismo. 


Excusas que se dan para que no te excluyan, exclusión rima con paredón. 


Y una cantidad de traumas generacionales que parecen sanados,  pero que se repiten continuamente al no hablar, al no decir, al no sacar temas, porque en la mesa no se habla, a los de fuera no se les cuenta, y lo de casa se queda en casa, literalmente en las paredes, porque no suele llegar ni a las personas. 


Cuando hablo de la ansiedad, y de la activación del sistema nervioso simpático en terapia (que de simpático no tiene nada), siempre suelo decir que tenemos que conseguir transmitirle que no estamos en Gaza. Quizás, y gracias a recordar con este cuarteto de películas lo que vivió mi abuela con 4 años, y  otros abuelos de mi alrededor con 18, 15 o 16, podría cambiar la frase por: 


“tenemos que decirle a nuestros genes que vivieron una guerra, pero que ya no estamos en ella.”



Por si alguien quiere ver las películas son: 


  • El maestro que prometió el mar. 

  • La vaquilla

  • La mula

  • ¿Es el enemigo? La Película de Gila.

 
 
 

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